Rojo y blanco
Rojo y blanco «En cualquier caso ¿no le sería posible pasar un momento por aquí o mandarme cuatro líneas? Esta conducta suya es espantosa».
Dieron las once, las once y media, las doce. Y Luciano no llegaba.
«¡Ah, yo sabré curarle esta manera de comportarse conmigo!», se dijo la señora Grandet fuera de sí.
Aquella noche el sueño no se apoderó de sus párpados, como dicen las personas que saben escribir. Devorada por la cólera y la desesperación, buscó distracción en aquello que sus aduladores calificaban de estudios históricos; su doncella empezó a leerle las Memorias de la señora de Motteville, las cuales el día anterior eran consideradas por ella como el perfecto manual de una dama del gran mundo. Estas Memorias, tan queridas antes, le parecieron en aquellos momentos desprovistas de todo interés. Tuvo que recurrir a las novelas contra las cuales, desde hacía ocho años, la señora Grandet hacía, en su salón, frases de gran moralidad.