Rojo y blanco

Rojo y blanco

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Toda la noche, la señora Trublet, su doncella de confianza, se vio obligada a subir y bajar de la biblioteca, situada en el segundo piso, lo que le pareció sumamente cansado. Bajó sucesivamente varias novelas. Ninguna le gustaba y, finalmente, de caída en caída, la sublime señora Grandet, a quien Rousseau causaba horror, se vio obligada a tener que recurrir a la Nouvelle Héloïse. Todo cuanto se había hecho leer a primeras horas de la noche le parecía frío, fastidioso, nada respondía a sus pensamientos. Sucedió que el énfasis un tanto pedante que hace que los lectores de gustos delicados se vean forzados a tener que cerrar este libro, era precisamente lo que necesitaba la sensibilidad burguesa y novata de la señora Grandet.

Cuando se dio cuenta de que el alba empezaba a filtrarse por las rendijas de las ventanas, despidió a la señora Trublet. Estaba pensando que en cualquier momento de la mañana recibiría una carta con disculpas.

«Me la traerán, probablemente, hada las nueve, y sabré contestar a ella debidamente».

Un poco calmada con aquella idea de venganza, se durmió finalmente, mientras redactaba, mentalmente, las frases de su nota de contestación.

A las ocho, la señora Grandet hizo sonar la campanilla con impaciencia; creía que eran ya las doce del mediodía.


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