Rojo y blanco

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«¡Mis cartas, mis periódicos!», exclamó de mal humor.

Llamaron al portero, que se presentó sin otra cosa en la mano que las sucias fajas de los periódicos. ¡Qué contraste con el elegante billete, elegante y bien doblado, que su mirada ávida buscaba entre los periódicos! Luciano era notable por su destreza en doblar los billetes, y éste era quizás aquel de sus elegantes talentos al que la señora Grandet había sido más sensible.

Toda la mañana transcurrió en medio de proyectos de olvido e incluso de venganza, pero no por ello dejó de parecer interminable a la señora Grandet. A la hora del almuerzo se mostró irritante tanto con la servidumbre como con su marido. Al ver a éste alegre, le contó con acritud toda la historia de su torpeza con el mariscal ministro de la Guerra, a pesar de que el señor Leuwen se la había confiado únicamente bajo promesa de secreto eterno.

Dieron la una, la una y media, las dos. Al volver a escuchar aquellas campanadas que recordaban a la señora Grandet la cruel noche que había pasado, se enfureció.



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