Rojo y blanco
Rojo y blanco Súbitamente (¿quién lo hubiera podido pensar en su carácter dominado por la más pueril de las vanidades?), tuvo la idea de escribir a Luciano. Durante una hora entera estuvo luchando contra aquella horrible tentación de ser la primera en escribir. Cedió finalmente, pero sin disimularse todo el horror del paso que daba.
«¡Cuánta superioridad voy a concederle! ¡Y cuántos días de actitud severa me serán necesarios para hacerle olvidar la posición que la visión de mi billete le dará sobre mí! Pero, en definitiva —dijo el amor disfrazándose de paradoja—, ¿qué es un amante? Es un instrumento al que se roza para proporcionarse un placer. El señor Cuvier me decía: “Vuestro gato le acaricia, es él quien se acaricia al rozarse con usted”. ¡Pues bien!, en estos momentos el único placer que puede proporcionarme ese caballerete es el de escribirle. ¿Qué pueden importarme sus emociones? La mía será la de un intenso placer —se dijo con feroz alegría—, y esto es lo único que me importa».
Sus ojos eran soberbios en aquel momento.
La señora Grandet escribió una breve carta, de la cual no quedó satisfecha, después una segunda, luego una tercera y, finalmente, mandó la que hacía siete u ocho.
Carta.