Rojo y blanco

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Mi marido, señor, tiene algo que decirle. Le esperamos, y para no hacerlo durante mucho tiempo, a pesar de la cita concertada, conociendo su recto proceder, tomo la decisión de escribirle estas líneas.

Reciba usted mis saludos,

Agustina Grandet.

P. S. — Venga usted antes de las tres.

Cuando esta carta, que fue la que había encontrado menos imprudente y sobre todo menos humillante para su orgullo, hubo sido enviada, eran ya más de las dos y media.

El criado de la señora Grandet encontró a Luciano instalado tranquilamente en su despacho de la calle Grenelle, pero en lugar de ir, escribió:

Señora:

Soy doblemente desdichado; no puedo tener el honor de presentarle mis respetos esta mañana, ni quizá por la tarde. Debo permanecer encerrado en mi despacho a causa de un trabajo urgente, del cual he cometido la tontería de encargarme. Debe comprender que, como simple empleado que soy, no deseo, por nada del mundo, hacer enfadar a mi ministro. Él no podría comprender jamás toda la intensidad del sacrificio que hago en pro del deber, al no ponerme a las órdenes del señor Grandet y a las de usted.

Reciba con benevolencia el testimonio de mi más respetuoso afecto.


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