Rojo y blanco

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La señora Grandet hacía ya veinte minutos que se hallaba calculando el tiempo que Luciano necesitaría para volar a sus plantas. Prestaba atención a cualquier ruido que le revelara el de las ruedas de su cabriolé, el cual había aprendido ya a distinguir de los demás. De repente, con gran asombro por su parte, el criado llamó a la puerta y le entregó el billete de Luciano.

Ante su vista, se despertó todo el furor de la señora Grandet; sus facciones se contrajeron y casi al mismo tiempo se puso púrpura.

«Si hubiera estado ausente de su despacho, hubiese podido ser considerado como una buena excusa. ¡Pero ha visto mi carta, y en vez de volar a mis pies, me escribe!».

—¡Sal de aquí! —gritó al criado, dirigiéndole una mirada que le dejó aterrado.

«Este estúpido puede cambiar de opinión y venir dentro de un cuarto de hora —se dijo—. Será mejor que vea que no he abierto su carta. Pero aún sería mejor que a quien no encontrara fuese a mí».

Llamó e hizo enganchar los caballos a su coche. Se paseaba agitada. El billete de Luciano se hallaba sobre un pequeño velador al lado de su sillón, y cada vez que pasaba por delante de él, le lanzaba una mirada a pesar suyo.


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