Rojo y blanco
Rojo y blanco Vinieron a avisarla de que los caballos estaban ya enganchados. Al salir el criado, se precipitó sobre la carta de Luciano y la abrió con gesto de furor, y sin, por así decirlo, darse cuenta de lo que hacía. La mujer joven triunfaba sobre la capacidad política.
Aquella carta tan fría puso a la señora Grandet literalmente fuera de sí. Debemos hacer observar, para excusar un tanto aquella debilidad, que había cumplido ya los veintiséis años y que desconocía el amor verdadero. Se había prohibido a sí misma incluso aquellas amistades galantes que pueden conducir al amor. Ahora el amor se tomaba su revancha, y desde hacía dieciocho horas el orgullo más inveterado, el más fortificado por la costumbre, le estaba disputando el corazón de la señora Grandet, cuya situación en la sociedad era tan imponente y su nombre tan altamente colocado en los anales de la virtud contemporánea.
Jamás una tempestad de alma fue más dolorosa; a cada reanudación de aquel espantoso dolor, el pobre orgullo era derrotado y tenía que ceder terreno. Hacía demasiado tiempo que la señora Grandet le obedecía ciegamente y estaba ya hastiada de la clase de placeres que procura.