Rojo y blanco

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De repente, la costumbre de su alma y la pasión cruel, que se disputaban el corazón de aquella señora, unieron sus esfuerzos para conducirla a la desesperación ¡Vamos, ver eludidas sus órdenes, desobedecidas, despreciadas por un hombre!

«¿Qué es lo que le pasa? ¿Es que no sabe vivir?», se preguntaba. ,

Finalmente, al cabo de dos horas pasadas en medio de atroces dolores, que eran tanto más intensos cuanto que eran la primera vez que los sentía, ella, colmada de halagos, de homenajes y respetos, recibidos de los hombres de más consideración de París, el orgullo empezó a considerarse vencedor de la pugna. En un arranque de desdicha, forzada por el dolor a cambiar de lugar, bajó las escaleras y subió a su coche. Pero cuanto hubo subido cambió de opinión.

«Si viene, no me encontrará», se dijo.

—¡A la calle de Grenelle, al ministerio del Interior! —gritó al postillón.

Tenía la osadía de ir, personalmente, a buscar a Luciano a su despacho.

Se negó a examinar esta idea. Si se hubiera detenido a pensar en ello, se hubiese desmayado. Quedó acurrucada, como aniquilada por el dolor, en un rincón del coche. Los movimientos forzados que le imprimían las sacudidas del carruaje, le hacían un poco de bien y la distraían algo.


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