Rojo y blanco
Rojo y blanco «¡Ah, si me viera la señora de Chasteller! Pero yo le contestarÃa: cualquier gentileza podrÃa ocultar demasiado lo que quiero hacerle comprender a esta tendera orgullosa de los rendidos homenajes de los diputados centristas».
—¿Será necesario, señor —le dijo la señora Grandet—, que tenga que rogarle haga retirar a su ujier?
El modo de hablar de aquella señora ennoblecÃa las funciones, según su costumbre. No se trataba más que de un simple meritorio, que al ver entrar a una dama tan hermosa y bien vestida, con aspecto turbado, se habÃa quedado por curiosidad, con el pretexto de atizar el fuego de la chimenea que, por otra parte, tiraba perfectamente bien. A una mirada de Luciano, el muchacho salió de la habitación. El silencio continuaba.
—¡Cómo, señor! —dijo finalmente la señora Grandet—, ¿no está usted extrañado, estupefacto, confundido, al verme aqu�
—Le confesaré, señora, que no dejo de estar extrañado de una situación halagadora sin duda, pero que en realidad no merezco.