Rojo y blanco

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Luciano no pudo violentarse hasta el extremo de emplear palabras decididamente poco correctas y amables, pero el tono con que fue dada su contestación alejaba por completo cualquier pensamiento de reproche apasionado y la hacía casi fríamente, insultante. El insulto vino a propósito para reforzar el vacilante valor de la señora Grandet. Por primera vez en su vida se sentía tímida, porque su alma tan árida y fría, desde hacía unos días experimentaba sentimientos tiernos.

—Me parece, señor —continuó ella con voz temblorosa de cólera—, si es que he comprendido las protestas, a veces largas, relativas a vuestra elevada moralidad, que pretende usted ser un hombre honesto.

—Ya que me hace el honor de hablar de mí, señora, le diré que lo que pretendo es ser justo, y considerar, sin asomo de halago en cuanto a mi posición, tanto ésta, como la de los demás hacia mí.

—Su sentido de la justicia apreciativa, ¿acaso se rebajará hasta considerar todo lo peligrosa que puede ser para mí esta visita que le hago? La señora de Vaize puede reconocer los colores de las libreas de mis criados.


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