Rojo y blanco

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El discurso de Luciano, que la señora Grandet encontraba tan largo, terminó al fin, y entonces pensó que había acabado demasiado pronto, pues le era preciso contestar algo, ¿y qué podía decir? Aquella situación espantosa cambió su manera de sentir; primero, se había dicho, como de costumbre: «¡Qué humillación!». Pero pronto se consideró insensible a las desventuras del orgullo; se sentía apremiada por otro dolor mucho más agudo: lo que desde hacía unos días constituía su único interés en la vida, ¡iba a perderlo! ¿Y qué podría hacer después ella, con su salón y sus brillantes veladas, en las cuales todo el mundo se divertía y a las que asistía la mejor sociedad de la corte de Luis-Felipe?

La señora Grandet creyó ver que Luciano tenía razón, comprobó en qué forma su indignación había sido poco fundada, ella no pensaba, iba mucho más lejos: adoptaba la posición de aquel joven contra sí misma.







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