Rojo y blanco
Rojo y blanco El silencio duró varios minutos; finalmente, la señora Grandet se quitó el pañuelo que sostenía ante sus ojos y Luciano se sintió impresionado por uno de los más profundos cambios que jamás había podido ver en una fisonomía. Por primera vez en su vida, por lo menos para Luciano, aquella cara tenía una expresión femenina. Observaba aquel cambio, pero no se sentía impresionado por él. Su padre, la señora Grandet, París, todo en aquel momento se hallaba para él bajo el mismo anatema. Su alma sólo podía impresionarse por lo que pudiera suceder en Nancy.
—Confesaré mis errores, señor; lo que me sucede es halagador para usted. En toda mi vida no había faltado a mis deberes, hasta que lo hice con usted. Cuando me cortejaba, ello me agradaba y divertía, pero me parecía algo sin ningún peligro. Me he visto seducida por la ambición, lo confieso, y no por el amor; pero mi corazón ha cambiado (en aquel momento la señora Grandet enrojeció profundamente, no se atrevía ni a mirar a Luciano), he tenido la desgracia de enamorarme de usted. Pocos días han bastado para cambiar mi corazón, sin yo darme cuenta de ello. He olvidado el justo deseo de querer elevar el rango de mi casa y otro sentimiento ha empezado a dominar mi vida. La idea de perderle, el pensamiento, sobre todo, de no tener ya su estimación es espantoso, intolerable para mí… Estoy dispuesta a sacrificarlo todo para volver a merecer tal estimación.