Rojo y blanco
Rojo y blanco AquÃ, la señora Grandet volvió a esconder la cara y, finalmente, por detrás de su pañuelo, se atrevió a decir:
—Voy a romper con su señor padre, a renunciar a las esperanzas de un ministerio, pero no se separe de mÃ.
Y al pronunciar estas últimas palabras, la señora Grandet le tendió la mano con una gracia que Luciano encontró extraordinaria.
«Esta gracia, este cambio en una mujer tan orgullosa, es debido a ti —le decÃa su vanidad—. ¿No es algo hermoso el haberla hecho ceder merced a tu talento?».
Pero Luciano seguÃa impasible ante aquellos halagos de la vanidad. Su rostro no tenÃa otra expresión que la que revela el cálculo. La desconfianza le decÃa: