Rojo y blanco
Rojo y blanco «He aquí a una mujer extraordinariamente hermosa y que sin duda cuenta con el efecto que produce su hermosura. Intentemos no ser engañados por ella. Veamos: la señora Grandet me demuestra su amor mediante un penoso sacrificio, el del orgullo que la ha poseído toda la vida. Hay pues que creer en su amor… ¡Pero vayamos despacio! Será preciso que este amor resista a pruebas más decisivas y de más duración que las que acaban de tener lugar. Lo más agradable que hay en esto es que, si ese amor es verdadero, no lo deberé a la lástima que pueda producirle. No será un amor inspirado con el contagio, como dice Ernesto».
Hay que reconocer que el rostro de Luciano no era precisamente el de un héroe de novela mientras se entregaba a estos prudentes razonamientos. Tenía más bien el aspecto de un banquero que pesa la conveniencia de una gran especulación.