Rojo y blanco

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«La vanidad de la señora Grandet —siguió pensando—, puede considerar como la mayor de las calamidades al ser abandonada, y que debe sacrificarlo todo para evitar semejante humillación, incluso los intereses de su ambición. Puede suceder muy bien que no sea precisamente el amor el que haga tales sacrificios, sino, simplemente, su vanidad, y la mía sería muy ciega si se glorificara con un triunfo de tan dudosa naturaleza. Conviene, pues, mostrarse lleno de atenciones y respeto; pero a final de cuentas, su presencia aquí me importuna, me siento incapaz de someterme a sus exigencias, su salón me fastidia. Esto es lo que debo hacerle comprender con delicadeza».

—Señora, no dejaré de emplear con usted el sistema de la más respetuosa consideración. Las circunstancias que nos han colocado, por un instante, en una situación de intimidad, han sido, quizá, consecuencia de un malentendido, de un error, pero no me siento obligado por ellas para siempre. Yo me debo a mí mismo, señora, y debo mucho más respeto hacia la verdad que por los lazos que nos han unido por un breve instante. El respeto, incluso el agradecimiento, llenan mi corazón, pero no encuentro en él nada que se parezca al amor.

La señora Grandet le miró con los ojos enrojecidos por las lágrimas, pero en los cuales la extrema atención con que miraban, impedía su derramamiento.


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