Rojo y blanco

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Después de un corto silencio, la señora Grandet empezó a llorar sin intentar contener el llanto. Miraba a Luciano y se atrevió a decir estas extrañas palabras:

—Todo lo que dices es verdad, me moría de ambición y de orgullo. Al verme extraordinariamente rica, la finalidad de mi vida era la de convertirme en una mujer con un título nobiliario, me atrevo a confesarte esta amarga ridiculez. Sin embargo, no es por esto por lo que ahora me sonrojo. Es únicamente por ambición por lo que me he entregado a ti. Pero ahora me muero de amor. Soy una mujer indigna, lo confieso. Humíllame; merezco todos tus desprecios. Me muero de amor y de vergüenza. Caigo a tus pies y te pido perdón, pues ya no tengo ambición ni orgullo. Dime lo que quieres que haga en el futuro. Estoy a tus plantas, humíllame todo cuanto quieras; cuanto más lo hagas, más humano te mostrarás conmigo.

«¿Seguirá siendo todo esto afectación?», se dijo Luciano. Jamás había visto una escena tan intensa.

Ella se lanzó a sus pies. Al cabo de un momento, Leuwen, de pie, intentaba levantarla. Al pronunciar las últimas palabras, sintió sus brazos debilitarse entre sus manos e, inmediatamente, todo el peso de su cuerpo; se había desmayado.


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