Rojo y blanco

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Luciano estaba preocupado, pero no impresionado. Su embarazo era debido únicamente al temor de faltar a este precepto de su moral; no hacer jamás un daño inútil. Le pasó por la mente un pensamiento, ridículo por completo en aquellos instantes, que cortó radicalmente cualquier enternecimiento. Hacía dos días, había ido a casa de la señora Grandet, que poseía una propiedad en los alrededores de Lyon, en favor de los desdichados detenidos en el proceso de abril, los cuales iban a ser trasladados de la cárcel de Perrache, en París, a causa del frío, y que carecían de ropa de abrigo[5].

«Me permito decirles y recordarles, señores —había contestado ella a los señores que formaban la comisión que acompañaba a Luciano—, que encuentro su petición sumamente rara. Ignoran ustedes, aparentemente, que mi marido ostenta cargos en el Estado y que el prefecto de Lyon ha prohibido toda gestión en favor de los detenidos».

Ella misma había explicado lo sucedido al círculo de sus amistades. Luciano la había mirado y después había dicho, mientras la observaba:

—Con el frío que hace, una docena de estos desdichados morirán helados en las carretas que los transporten; solamente tienen ropa de verano y no les han dado mantas.


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