Rojo y blanco

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—Ello constituirá una preocupación menos para la Corte de París —había comentado un gordo diputado, héroe de las Jornadas de Julio.

La mirada de Luciano estaba fija en la señora Grandet; ésta ni parpadeó.

Al verla ahora desvanecida, sus facciones, sin más expresión que la altivez que les era natural, le recordaron la que tenía cuando le presentaba la imagen de los prisioneros muriéndose de frío y de miseria en sus carretas. En medio de una escena de amor, Luciano se sentía hombre de partido.

«¿Qué haré con esta mujer? —se preguntó—. Debo mostrarme humano, decirle algo agradable y mandarla a su casa al precio que sea».

La depositó suavemente sobre el sillón, ya que estaba sentada en el suelo y cerró la puerta con llave. Después, con su pañuelo mojado en el modesto jarro de mayólica, único utensilio culinario que había en el despacho, humedeció aquella frente, aquéllas mejillas, aquel cuello, sin que tanta belleza pudieran distraerle por un solo instante.

«Si yo fuese un ser indigno, llamaría a Desbacs para que me ayudara, pues éste tiene en su despacho toda clase de esencias».

Finalmente, la señora Grandet lanzó un suspiro.


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