Rojo y blanco

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«Es necesario que no se vea sentada en el suelo cuando vuelva en sí, para evitar que recuerde la cruel escena».

La cogió en brazos y la depositó, sentada, en el gran sillón dorado. El contacto con aquel cuerpo encantador le recordó, no obstante, que tenía entre sus brazos y a su disposición, a una de las más hermosas mujeres de París. Su hermosura, que no lo era por su expresión y gracia, sino por ser una auténtica belleza sterling y pintoresca, nada había perdido con su desvanecimiento.

La señora Grandet se recobró un poco y le miró con ojos todavía medio velados por la escasa energía de sus párpados.

Luciano pensó que debía besarle la mano. Aquel gesto fue lo que más activó la resurrección de aquella pobre mujer enamorada.

—¿Vendrás a mi casa? —le preguntó con voz baja y apenas articulada.

—Sin duda, puedes estar segura de ello. Pero este despacho es un lugar peligroso. La puerta está cerrada y alguien puede llamar. Es posible que se presente Desbacs…

La idea de que aquel malvado pudiera presentarse, devolvió las fuerzas a la señora Grandet.

—Sé lo bastante bueno para sostenerme hasta mi coche.


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