Rojo y blanco

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—Sería conveniente decir a tu servidumbre que te has torcido un pie.

Ella le miró con ojos en los que brillaba el más intenso amor.

—Generoso amigo, no serás nunca tú el que me comprometa y se vanaglorie de haber conseguido un triunfo. ¡Qué corazón el tuyo!

Luciano se sintió enternecido, y aquel sentimiento le resultó desagradable. Colocó sobre, el respaldo del sillón la mano de la señora Grandet, que se apoyaba en él, y corrió hacia el patio para decir a los criados, con aspecto preocupado:

—La señora Grandet acaba de sufrir una torcedura, y quizá se haya roto una pierna. ¡Vengan aprisa!

Un lacayo del ministerio aguantó los frenos de los caballos mientras el cochero y el postillón fueron corriendo a ayudar a la señora Grandet a que pudiera llegar hasta el coche.

Estrechó la mano de Luciano con la poca fuerza que le quedaba. Sus ojos volvieron a recobrar la expresión de súplica cuando desde el interior del coche le dijo:

—¡Hasta esta noche!

—Sin duda, señora; pasaré para saber cómo se encuentra.


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