Rojo y blanco
Rojo y blanco La aventura pareció bastante oscura a los domésticos, sorprendidos por el aspecto emocionado de su señora. Esta clase de gente, en París, es muy aguda, y el aspecto que presentaba su dueña no era precisamente el del dolor físico.
Luciano se encerró de nuevo con llave en su despacho. Se paseaba a grandes zancadas, recorriendo, en diagonal, aquella reducida estancia.
«¡Escena desagradable!, se dijo finalmente. ¿Se trata de una comedia? ¿Ha recargado la expresión de lo que sentía? El desmayo ha sido verdadero… en cuanto pueda yo saber de estas cosas… Ha sido una victoria de la vanidad… Esto no produce ningún placer».
Intentó reanudar el estudio de un informe iniciado y se dio cuenta de que escribía tonterías. Se fue a su casa, montó a caballo, atravesó el puente de Grenelle y, al cabo de poco tiempo, se encontró en el bosque de Meudon. Una vez allí, puso su caballo al paso y empezó a reflexionar. El pensamiento que flotaba por encima de todos los demás, era el recuerdo de haberse sentido enternecido en el momento en que la señora Grandet había apartado el pañuelo que cubría su cara, y aquel otro, más intenso,' de haberse emocionado cuando la recogió insensible, sentada en el suelo delante del sillón, para colocarla, sentada también, sobre éste.
«¡Ah! Si soy infiel a la señora de Chasteller, ésta tendrá razón para serlo también conmigo.