Rojo y blanco

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»Me parece que no empieza mal, dijo el partido contrario. ¡Pestes! ¡Nada menos que un parto! ¡No es una nadería!

»Puesto que nadie en el mundo ha sido testigo de esta situación —se respondió Luciano molesto—, tal situación no existe. El ridículo tiene necesidad de ser visto, en otro caso no existe».

Al regresar a París entró en el ministerio; se hizo anunciar al señor de Vaize y le pidió un permiso de un mes. Aquel ministro, que desde hacía unas tres semanas no le era más que a medias y encomiaba las delicias del descanso (otium cum dignitate, repetía a menudo), quedó encantado y extrañado al mismo tiempo, de ver que el ayuda de campo del general enemigo emprendía la huida.

«¿Qué debe significar todo esto?», se preguntaba el señor de Vaize.

Luciano, con su permiso en el bolsillo, redactado por él mismo y firmado por el ministro, fue a ver a su madre, a quien dijo que pensaba viajar por provincias durante unos días.

—¿Hacia qué lado? —preguntó ésta con ansiedad.

—Por Normandía —respondió Luciano, que había comprendido la mirada de su madre.


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