Rojo y blanco

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Por todos estos señores.

Esta última carta tuvo la virtud de borrar casi por completo la sensación de indignidad y bajeza, tan agudamente despertada por la primera.

—Las injurias escritas sobre papel ordinario —se dijo Luciano—, son como las cartas anónimas del año 1790, cuando los soldados eran súbditos despreciados y lacayos sin empleo reclutados en los muelles de París; esta otra es la carta anónima de 183…

¡Publius, Vindex, pobres amigos míos! Vosotros, tendríais razón si fueseis cien mil; pero sois únicamente dos mil, repartidos por toda Francia, y los Filloteau, los Mahler e incluso los Dévelroy, os harían fusilar legalmente en cuanto asomarais la cabeza, y su acción sería aprobada por una inmensa mayoría.

Todas las emociones de Luciano eran tan desalentadoras, desde su llegada a Nancy, que a falta de algo mejor, dedicó su atención a aquella epístola republicana. «Valdría más que nos embarcáramos todos para América… Pero ¿me embarcaría yo con ellos?». Ante aquella pregunta, Luciano empezó un paseo por la habitación, que duró largo rato, muy agitado.


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