Rojo y blanco
Rojo y blanco —No —se dijo finalmente—. ¿Para qué halagarse uno mismo? ¡Esto es estúpido! No hay en mà opiniones suficientemente arraigadas, como en Vindex. En América, entre hombres perfectamente justos y razonables si se quiere, pero que no piensan en otra cosa que en el dollar, me aburrirÃa soberanamente. Me hablarÃan de sus diez vacas, que en la primavera próxima les darÃan diez terneros, y en cambio a mà me gusta hablar de la elocuencia de Lamennais, o del talento de la señora de Maliban comparado con el de la señora Pasta; serÃa incapaz de vivir entre hombres incapaces de pensamientos delicados, por muy virtuosos que fueran; preferirÃa cien veces más las costumbres elegantes de una corte corrompida. Washington me habrÃa aburrido hasta la muerte y preferirÃa, con mucho, encontrarme en un salón con el señor de Talleyrand. Asà pues, la sensación de aprecio y estima no lo es todo para mÃ; tengo necesidad de los placeres que proporciona una antigua civilización…