Rojo y blanco
Rojo y blanco »Pues, entonces, animal, soporta a los gobiernos corrompidos, producto de esta antigua civilización; solamente los estúpidos y los niños consienten en mantener deseos contradictorios. Siento horror por el fastidioso sentido común de los americanos. Las narraciones de la vida del joven general Bonaparte, vencedor en el puente de Areola, me transportan; para mÃ, es como Homero, como Tácito, y aun cien veces más importante. La moralidad americana me parece de una abominable vulgaridad, y al leer las obras de sus autores más distinguidos, no siento más que un deseo, el de no encontrarme jamás con ellos.’ Este paÃs modelo lo considero como el triunfo de la mediocridad tonta y egoÃsta y que, bajo pena de muerte, hay que adular. Si yo fuera un campesino, con cuatrocientos luises de capital y cinco hijos, no dudarÃa en comprar y cultivar, doscientas hectáreas de terreno en los alrededores de Cincinnati; pero entre tal campesino y yo ¿qué es lo que hay de común? Hasta el momento presente, ¿he sabido ganarme el precio de un cigarro?