Rojo y blanco
Rojo y blanco —Usted, señor, ha perdido un poco el hábito de los negocios desde que ha merecido tantos honores, y atribuye a las palabras suspensión de pagos y bancarrota la falsa idea que se tiene vulgarmente de ellas. El señor Van Peters, al que usted amaba tanto, habÃa hecho una vez bancarrota en Nueva York y quedó tan poco deshonrado por ello, que los mejores negocios que ha realizado nuestra firma lo han sido precisamente con Nueva York y con América del Norte.
«Voy a tener necesidad de un empleo», pensó Luciano.
El señor Leffre, pensando decidirle, añadió:
—PodrÃa usted ofrecer el cuarenta por ciento; lo tengo arreglado todo en este sentido. Si algún acreedor demasiado exigente quiere apretamos las clavijas, puede rebajarlo hasta el treinta por ciento. Pero, en mi opinión, el cuarenta por ciento serÃa faltar a la honradez. Ofrezca, el sesenta y la señora Leuwen no tendrá que prescindir de su carroza. ¡La señora sin carroza! A cualquiera de nosotros tal espectáculo nos destrozarÃa el corazón. No hay ninguno a quien su señor padre no haya hecho regalos de más valor que el importe de nuestros sueldos.
Luciano seguÃa callado y procuraba encontrar algún procedimiento para ocultar aquel acontecimiento a su madre.