Rojo y blanco
Rojo y blanco —No hay ninguno de nosotros que no esté dispuesto a hacer lo que sea necesario para que le quede a su señora madre y a usted una cantidad neta de seiscientos mil francos. Por otra parte, si alguno de sus empleados no lo quisiera —añadió Leffre (y sus cejas negras se enarcaron sobre sus ojuelos)—, yo sà lo quiero, yo que soy su jefe, y aunque ellos fueran unos traidores usted tendrÃa los seiscientos mil francos, tan seguro como si los tuviera ya, además de todo el mobiliario, la plata, etc.
—Espéreme usted, señor —dijo Luciano.
Aquel detalle del mobiliario y de la plata le causó verdadero horror. Se vio como si estuviera repartiéndose por anticipado el producto de un robo.
Al cabo de un largo cuarto de hora regresó al lado del señor Leffre. HabÃa empleado diez minutos en preparar el espÃritu de su madre. Ésta sentÃa horror, como él, a la quiebra, y habÃa ofrecido el sacrificio de su dote, que ascendÃa a ciento cincuenta mil francos, sin solicitar más que una pensión vitalicia para sà de mil doscientos francos y otra para su hijo del mismo importe.
El señor Leffre quedó aterrado con aquella determinación de pagar a los acreedores y liquidar las deudas por completo. Suplicó a Luciano que reflexionara durante veinticuatro horas.