Rojo y blanco

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—Ésta es, mi querido señor Leffre, la única cosa que no puedo concederle.

—En fin, señor Leuwen, por lo menos no diga usted una palabra sobre la conversación que acabamos de sostener. Este secreto quedará entre su señora madre, usted y yo. Los demás empleados disfrutarían con todas estas dificultades.

—Hasta mañana, mi querido Leffre. Tanto mi madre como yo, le consideramos como nuestro mejor amigo.

Al día siguiente el señor Leffre renovó sus ofrecimientos; suplicó a Luciano que accediera a la suspensión de pagos, pagando el noventa por ciento del pasivo a los acreedores. Al otro día, después de una nueva negativa, el señor Leffre le dijo:

—Puede usted sacar provecho del buen nombre de la casa. Bajo condición de pagar todas las deudas, de las cuales aquí tiene usted el estado completo —dijo mostrándole una hoja de papel repleta de cifras—, y renunciando a todos los créditos de la casa, podría usted vender el nombre comercial de ésta en cincuenta mil escudos por lo menos. Le sugiero se informe secretamente sobre ello. En la espera, yo, Juan-Pedro Leffre, y Gavardin (era el cajero), estamos en situación de ofrecerle cien mil francos al contado, pudiendo acudir a nosotros cualquier acreedor de nuestro honorable principal, el señor Leuwen, incluso en lo que se refiera a sus deudas con el sastre o el suministrador de vinos.


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