Rojo y blanco

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»Pero ¿qué es lo que tiene valor en este mundo que he entrevisto? El hombre que ha conseguido reunir algunos millones, o que compra un periódico y se hace alabar por él durante ocho o diez años. (¿No es éste el mérito del señor de Chateaubriand?). La felicidad suprema, cuando se tiene la fortuna que tengo yo, ¿no consistirá en ser considerado como hombre inteligente por las mujeres que lo sean? Pero entonces, será necesario hacer la corte a las mujeres, ¡yo, que tanto desprecio al amor, y, sobre todo, a los hombres enamorados!

»El señor de Talleyrand, ¿no empezó su carrera enfrentándose, por medio de una frase feliz, al presuntuoso orgullo de la duquesa de Gramont? Con excepción de mis pobres republicanos atacados de locura, no puedo distinguir nada estimable eh el mundo: en todos los méritos de que soy conocedor, participa en algo el charlatanismo. Éstos quizás estén locos, pero no son viles».

Los razonamientos de Luciano no pudieron ir más allá de esta conclusión. Un hombre sabio y prudente le hubiera aconsejado: «Adéntrate un poco más en la vida, verás entonces otros aspectos de las cosas; conténtate, por el momento, con el procedimiento vulgar de no perjudicar intencionadamente a nadie; realmente, has visto demasiado poco de la vida, para dictar sentencia sobré estos graves problemas; espera y observa».

Tal consejero, Luciano no lo tenía, y falto de su palabra sabia fue errando en medio de vaguedades.


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