Rojo y blanco

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—Mi mérito dependerá, pues, del juicio que sobre mí dicte una o cien mujeres de la buena sociedad. ¡Qué cosa tan ridícula! ¡Cuánto desprecio no he demostrado hacia los enamorados, por Edgard, mi primo, por ejemplo, que hace que su felicidad dependa, o más bien, su propia estimación, de la opinión de una joven que se ha pasado toda la mañana discutiendo en casa de la modista Victorina los méritos de un vestido, o en burlarse de un hombre digno y sabio, como Monge, únicamente porque tiene aspecto vulgar!

»Pero, por otro lado, halagar a los hombres del pueblo, como es absolutamente necesario hacer en América, está por encima de mis fuerzas. Me sor necesarias las costumbres elegantes, fruto del corrompido gobierno de Luis XV; y, no obstante, ¿cuáles son los hombres destacados en un tipo de sociedad como aquél? Un duque de Richelieu, en Lauzun, cuyas memorias describen la vida.

Todas éstas, reflexiones sumieron a Luciano en un estado de agitación extrema. Se trataba de su religión: virtud y honor, y según aquella religión, sin virtud no existía la felicidad.




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