Rojo y blanco

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—¡Gran Dios!, ¿a quién podría consultar? En relación con el valor real del hombre, ¿cuál es el lugar que ocupo yo? ¿Me hallo en la mitad de la lista o soy el último?… Filloteau, pese al desprecio que siento por él, ocupa un lugar honorable; él, por lo menos, ha dado sus buenos sablazos allá en Egipto; ha sido recompensado por Napoleón que, en cuanto a valor militar, era hombre entendido. Cualquiera que fuese lo que hiciera Filloteau después, aquello queda; nada ni nadie puede quitarle el lugar honroso que ocupa en la sociedad: el de un hombre valeroso que fue ascendido a capitán, en Egipto, por Napoleón.

Esta lección de modestia fue seria, profunda y, sobre todo, penosa. Luciano era vanidoso, y la vanidad que le poseía había estado continuamente enmascarada por una excelente educación.

Pocos días después de recibir las cartas anónimas, al pasar Luciano por una calle estrecha y desierta, se cruzó con dos suboficiales de porte esbelto y bien parecidos; iban vestidos con notable escrupulosidad y le saludaron de forma singular. Luciano vio cómo se alejaban y, de repente, cómo volvían sobre sus pasos con una especie de afectación.



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