Rojo y blanco
Rojo y blanco Declaremos que la vanidad de Luciano se sentía herida; su género de vida hacía que pasara ocho o diez horas diarias en medio de hombres que sabían mucho más que él sobre la única cosa de que se permitía hablar con ellos. A cada momento, los camaradas de Luciano le hacían sentir su superioridad con la acidez educada del amor propio que realiza una venganza. Aquellos señores se sentían furiosos, pues creían adivinar que Luciano les tomaba por tontos. Así, había que ver su aire altanero cuando se equivocaba sobre la duración que, según las ordenanzas, deben tener los pantalones de diario o los gorros para hacer la limpieza.
Luciano seguía impasible y frío en medio de gestos afectados y de sonrisas educadamente irónicas; creía que todos sus camaradas eran malévolos; no veía con bastante claridad que todas aquellas actitudes no eran más que una pequeña venganza por los gastos que estaba efectuando.
—Después de todo —se decía—, estos señores no pueden perjudicarme, si es que sigo sin hacer o decir demasiadas cosas; abstenerme es mi consigna; actuar lo menos posible, mi plan de campaña.
Luciano reía cuando empleaba, con énfasis, aquellas palabras propias de su nueva profesión; como no hablaba francamente con nadie, se veía obligado a reír mientras hablaba consigo mismo.