Rojo y blanco
Rojo y blanco Además del viejo teniente de Joubert, el teniente coronel Filloteau le habÃa adscrito un sargento para enseñarle los movimientos e instrucción de pelotón, de escuadrón y de regimiento.
—No puede usted, en modo alguno —le habÃa dicho—, dar a este valiente menos de cuarenta francos mensuales.
Y Luciano, cuyo corazón lacerado se hubiera resignado a entablar amistad con Filloteau que, después de todo, habÃa visto a Desaix, a Kébler, a Michaud, y que habÃa sido testigo de las hermosas jornadas de Sambre-et-Meuse, se dio cuenta de que el bravo Filloteau al que él querÃa ver como a un personaje heroico, se apropiaba de la mitad de la paga de cuarenta francos establecida para el sargento.
Luciano habÃa encargado que le hicieran una mesa de pino inmensa, y sobre esta mesa; unos pequeños tacos de nogal, tallados como dados, representaban los jinetes de un regimiento. Bajo la supervisión del sargento, hacÃa maniobrar aquellos soldados durante dos horas diarias; aquél casi era el mejor momento del dÃa.