Rojo y blanco
Rojo y blanco Luciano no veía nada de todo esto; la acogida más que fría de que era objeto, la atribuía al distanciamiento que los seres vulgares adoptan en relación con las personas de la buena sociedad. Hubiera considerado como una trampa cualquier testimonio de condescendencia y, no obstante, aquel odio contenido, pero unánime, que leía en los ojos de todo el mundo, le compungía el corazón. Suplicamos al lector no le tome por un tonto: su corazón era todavía joven. En la Escuela Politécnica, el trabajo arduo y continuado, el entusiasmo por la ciencia, el amor a la libertad y la natural generosidad de la primera juventud, neutralizaron las pasiones y los efectos de la envidia. La más enojosa ociosidad reina, por el contrario, en los regimientos; pues, ¿qué hacer al cabo de seis meses, cuando los deberes de la profesión dejan de ser una ocupación?
Cuatro o cinco oficiales jóvenes, de modales más asequibles y cuyos nombres no figuraban en la lista de espías proporcionada por la carta anónima, hubiesen podido inspirar en nuestro héroe algunos sentimientos de amistad; pero éstos le testimoniaban un distanciamiento quizá aún más profundo, o por lo menos demostrado de una forma más agresiva; no encontraba acogida más que en la mirada de algunos suboficiales, que le saludaban precipitadamente y como de forma particular, sobre todo cuando se encontraban en alguna calle poco concurrida.