Rojo y blanco

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Al cabo de poco tiempo, aquel hombre constituyó a los ojos de Luciano una excepción a cuanto hasta entonces había visto en Nancy. Sobre un corpachón enorme, como el de su tío Bonard, Gauthier tenía una cabeza genial y unos hermosos cabellos rubios admirablemente peinados. A veces se mostraba verdaderamente elocuente; era cuando hablaba sobre el futuro de Francia y de la época venturosa en que todos los empleos estatales serían desempeñados gratuitamente y sin otra recompensa que el honor de servir a la patria.

Su elocuencia impresionaba a Luciano, pero Gauthier no conseguía en modo alguno destruir la gran objeción de aquél contra la república: la necesidad de hacer la corte a gentes mediocres.

Después de seis semanas de una amistad casi íntima, Luciano se enteró, por casualidad, de que Gauthier era un geómetra de primera magnitud; aquel descubrimiento le impresionó profundamente: ¡qué diferencia con París! Luciano amaba con pasión las altas matemáticas. Desde entonces, pasó tardes enteras discutiendo con Gauthier las ideas de Fourier sobre el calor terrestre, la importancia de los descubrimientos de Ampère, o, finalmente, alguna cuestión fundamental, como si el hábito del análisis impide o no ver claramente las circunstancias de los experimentos, etc., etc.


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