Rojo y blanco

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—Tenga en cuenta —le decía Gauthier—, que yo no soy solamente un geómetra, sino también un republicano y uno de los redactores de L’Aurore. Si el general Thérance o su coronel Malher de Saint-Mégrin se enteran de nuestras conversaciones, a mí no me sucederá nada nuevo, pues me han hecho ya cuanto mal han podido, pero a usted le degradarán o le mandarán a Argel, como persona poco digna de confianza.

—En realidad tal vez fuera una suerte para mí —contestó Luciano—; o, para hablar con la exactitud matemática que tanto nos gusta, nada constituiría una agravación de la pena; creo, muy sinceramente, haber llegado al colmo del hastío.

Gauthier no se andaba con ambages al intentar convertir a Luciano a la democracia americana; éste le dejaba que se explayara; después le decía con toda franqueza:

—Me consuela usted, en efecto, mi querido amigo; estoy convencido de que si en vez de ser subteniente en Nancy fuese subteniente en Cincinnati o en Pittsburg, me aburriría todavía mucho más, y la visión de una desventura mayor es, como sabe usted perfectamente, un consuelo, el único quizá al que soy susceptible. Para poderme hallar en situación de ganar noventa y nueve francos mensuales y mi propia estimación, he dejado una ciudad en la cual pasaba el tiempo de manera bastante agradable.


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