Rojo y blanco

Rojo y blanco

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—¿Y quién le ha forzado a este cambio?

—Me he lanzado a este infierno por mi propia voluntad.

—Pues bien, salga usted de él, huya.

—París es actualmente un lugar imposible para mí; si regresara ahora no sería allí más de lo que fui cuando me marché, de lo que era antes de vestir este funesto uniforme verde: es decir, un joven que tal vez algún día será algo. Se vería en mí a un hombre incapaz de ser nada, ni siquiera subteniente.

—¿Y qué le pueden importar las opiniones de los demás si usted lo pasa bien?

—¡Ay!, tengo una vanidad que usted, mi sabio amigo, no puede comprender; mi posición sería intolerable; me sería imposible aguantar ciertas bromas. Para poder salir del pozo negro en que me he metido sin saber lo que me hacía, no veo otro camino que la guerra.

Luciano tuvo la osadía de escribir toda esta confesión y la historia de su nueva amistad a su madre; pero le suplicó que, una vez leída, le volviera a remitir su carta; ambas explicaciones estaban escritas en el tono de la más franca amistad. Decía: «No diré que mi desventura, pero sí que mi hastío, doblaría en intensidad si fuera objeto de las bromas de mi padre y de aquellos amables personajes cuya ausencia me hace ver la vida con tan negros colores».


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