Rojo y blanco

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Por suerte para él, su amistad con Gauthier, con quien se reunía por las noches en casa del señor Bonard, no llegó a oídos del coronel Malher. Pero, por otra parte, la mala voluntad que le tenía este jefe no era ningún secreto en el regimiento. Tal vez los secretos deseos del bizarro militar eran de que algún duelo le desembarazase de aquel joven republicano, demasiado recomendado para poderle vejar a lo grande.

Una mañana, el coronel le hizo llamar, y Luciano no fue introducido ante la presencia de aquel alto dignatario sino después de esperar más de tres cuartos de hora en una sucia antecámara, en medio de veinte pares de botas que limpiaban tres lanceros.

—Esto lo ha hecho adrede —se dijo—, pero no puedo disipar esta mala voluntad más que aparentando no haberme dado cuenta de nada.

—Se me ha informado, señor —dijo el coronel apretando los labios y con un tono de pedantería manifiesto—, que come usted con un lujo impropio y esto no lo puedo consentir. Rico o no rico, usted debe comer en una pensión de cuarenta y cinco francos, con los demás suboficiales camaradas suyos. Adiós, señor, no tengo nada más que decirle.

El corazón de Luciano brincaba de rabia; nadie se había permitido jamás un tono semejante con él.


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