Rojo y blanco

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—Así pues, incluso durante mis comidas estoy obligado a tratar con estos amables camaradas, cuya mayor diversión consiste, tan pronto me ven, en querer aplastarme con su superioridad. A fe mía que podría decir como Beaumarchais; Mi vida es una lucha. ¡Pues bien! —exclamó riendo—, soportaré también esto. Dévelroy no tendrá la satisfacción de poder volver a decirme que únicamente me he tomado la molestia de nacer; podré responderle que también me he tomado la molestia de vivir.

Y Luciano se encaminó a la pensión a pagar por anticipado una mensualidad; por la noche cenó en ella, manteniéndose frío y admirablemente desdeñoso.

Al día siguiente entró en su habitación, a las seis de la mañana, el suboficial ayudante al que se consideraba como confidente y hombre de confianza del coronel. Aquel muchacho le dijo con tono benévolo:

—Los señores tenientes y subtenientes no deben alejarse, sin permiso del coronel, más allá de un radio de dos leguas de la plaza.

Luciano no contestó ni una sola palabra. El ayudante, amoscado, adoptó una actitud arrogante y se ofreció a dejar por escrito la descripción de los diferentes accidentes del terreno que podrían ayudarle a reconocer el limité del radio de dos leguas.


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