Rojo y blanco

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Hay que saber que la llanura abominable, estéril y árida, en la cual el genio de Vauvan colocó a Nancy, no forma ninguna colina a menos de tres leguas de la ciudad. Luciano hubiera dado cualquier cosa para poder tirar, en aquel momento, al ayudante por la ventana.

—Señor —le dijo sencillamente—, cuando los señores suboficiales montan a caballo para dar un paseo, ¿pueden ir al trote o solamente al paso?

—Señor, rendiré cuenta de su pregunta al coronel —respondió el ayudante rojo de cólera.

Un cuarto de hora más tarde, un ordenanza llevó al galope la siguiente nota para Luciano:

El subteniente Leuwen quedará arrestado veinticuatro horas, por haber ridiculizado una orden del coronel.

Malher de Saint-Mégrin.

—¡Oh, Galileo!, no prevalecerás contra mí —exclamó Luciano.

Esta última contrariedad le hizo sentir la vida dentro de su corazón. Nancy era horrible; el servicio militar no era para él más que un eco lejano de Fleurus y de Marengo; pero Luciano seguía deseoso de poder probar a su padre y a Dévelroy que sabía soportar toda clase de infortunios.


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