Rojo y blanco
Rojo y blanco —PreferirÃa vivir con los lacayos de mi padre —se dijo Luciano, respirando hondo al llegar a la puerta cochera—. ¡Qué canallas! —se dijo veinte veces durante el transcurso del dÃa—. Toda la vida pasaré por un estúpido a los ojos de mis amigos, si a los veinte años y con el más hermoso caballo de la ciudad cometo un fiasco en un regimiento justo medio, en el cual, como es sabido, el dinero lo es todo. Por lo menos, en caso de tener que presentar la dimisión, debo tener en mi haber algo que pueda citar en ParÃs a mi favor; es preciso que tenga un duelo. Esto es algo corriente al entrar en un regimiento, al menos asà se cree en nuestros salones, y a fe mÃa, que si perdiera en él la vida no perderÃa gran cosa.
Por la tarde, después de la revista en el patio del cuartel, dijo a varios oficiales que salÃan con él:
—Se ve que aquà abundan los espÃas, y me han acusado ante el coronel del más ridÃculo de los pecados; quieren hacerle creer que soy republicano. No obstante, me parece que ocupo en la sociedad un lugar, de cierta importancia y que tengo una fortuna que perder. Quisiera conocer al acusador, en primer lugar, para justificarme, y en segundo lugar, para hacerle tres o cuatro caricias en la cara con mi fusta de montar.
Hubo un momento de silencio total; después empezaron a hablar de otras cosas.