Rojo y blanco
Rojo y blanco Al no contestar Luciano, Ménuel le quitó la guerrera en un instante, hizo jirones la camisa, con una manga que arrancó preparó una compresa que colocó sobre la herida, cerca de la axila, y la apretó con todas sus fuerzas, al mismo tiempo que la ataba con su pañuelo; corrió hasta una taberna próxima, y regresó con un vaso de aguardiente con el cual mojó el vendaje. Como quedara un poco de aguardiente, se lo hizo beber al herido.
—Quédese —le dijo éste.
Momentos después pudo añadir:
—Esto es un secreto. Vaya a mi casa, haga enganchar la calesa, suba a ella y vuelva a recogerme. Le ruego no decir nada a nadie de este insignificante accidente, y al coronel menos que a ninguna otra persona.
—Después de todo, este milord no es ningún estúpido —se iba diciendo Ménuel mientras se dirigía a buscar la calesa. El lancero estaba orgulloso de sí mismo—. Voy a poder dar órdenes a estos lindos lacayos con ricas libreas.
Ménuel había despreciado a Luciano; al hallarle herido y soportando perfectamente el accidente, le admiraba con tanta intensidad y razón como le había despreciado un cuarto de hora antes.