Rojo y blanco

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—Mi teniente, tiene usted dificultad en andar; ¿me permite que le ponga sobre sus pies?

Ménuel se hubiera guardado mucho de emplear semejante lenguaje si no hubiera estado convencido de que su teniente estaba borracho; reía con ganas al ver al milord, como le llamaban los soldados, en un estado tal que no podía ponerse de pie y, como buen francés, estaba encantado de poder hablar en aquella forma a un superior. Luciano le miró, y finalmente encontró fuerzas para decirle:

—Ayúdeme, se lo ruego.

Ménuel pasó sus manos por debajo de los brazos del subteniente, y le ayudó a ponerse de pie. Entonces sintió que su mano izquierda estaba húmeda; la miró y pudo ver que se hallaba manchada de sangre.

—En este caso, vuélvase a sentar —dijo a Luciano.

Su voz estaba plena de respeto y cordialidad.

—¡Diablo!, esto no es borrachera —se dijo—, es una buena estocada. —Luego añadió en voz alta—: Teniente, ¿quiere usted que le lleve hasta su casa? Soy fuerte. Pero voy a hacer algo mejor que esto; permítame que le quite la guerrera; le vendaré la herida.


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