Rojo y blanco
Rojo y blanco Estas palabras parecieron volver a la vida a todos aquellos pobres jóvenes; pero pronto vio Luciano a su alrededor una veintena de oficiales. Aquel duelo fue muy popular en el cuartel. Tuvo lugar aquella misma tarde en un ángulo del baluarte, lugar triste y sucio. Se batieron a espada y los dos adversarios fueron heridos, aunque el Estado no corrió el peligro de perder a ninguno de los dos. Luciano tenía una gran herida en la parte alta del brazo derecho. Se permitió, sobre ella, una broma que seguramente debió ser mala, cuando no fue comprendida por ninguno de los presentes. Su testigo se extrañó, y después de preguntarle si necesitaba algo de él y de obtener una contestación negativa, le dejó allí plantado.
Luciano se sentó en una piedra; cuándo quiso levantarse no tuvo fuerzas para hacerlo, e inmediatamente empezó a sentirse mal; era casi noche cerrada. Fue despertado de su estupor por un leve ruido; abrió los ojos; tenía delante suyo a un lancero que le miraba riendo.
—He aquí a nuestro milord borracho y perdido —decía el lancero—. ¡Y bien!, a decir verdad, yo bebo todo lo que gano, pero nunca me he encontrado en un estado como el actual de milord. ¡Condenación!, debe ser porque él posee más quibus que yo; cuando se pone a beber, tiene muchas más ventajas que el pobre lancero Jerónimo Ménuel. Luciano miraba al lancero sin tener fuerzas suficientes para hablarle.