Rojo y blanco

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El médico mayor del regimiento, el caballero Billas, como se hacía llamar, especie de charlatán, pero muy buena persona, originario de los Altos Alpes, apareció al día siguiente, muy temprano. La espada del adversario había pasado muy cerca de la arteria. El caballero Billars exageró el peligro, que era nulo, y fue dos o tres veces durante el día. La biblioteca del bravo subteniente, como decía el caballero, contenía las más interesantes ediciones, tales como el Kirschwasser 1810, coñac de doce años, anís de Burdeos de Marie Brizard, aguardiente de Danzig con lentejuelas doradas, etc., etc. El caballero Billars, que era un gran aficionado a la lectura, pasaba días enteros en casa del herido, lo que fastidiaba bastante a Luciano; pero en compensación tenía a Ménuel que, haciendo también honor a las excelencias de la biblioteca de nuestro héroe, se había instalado definitivamente en su casa. Luciano consiguió que el teniente coronel Filloteau se lo cediera en calidad de enfermero.

Ménuel contaba a nuestro herido protagonista algunas partes de su vida, guardándose mucho de hablar sobre otras. En forma episódica, narraremos, de paso, aquella vida de simple soldado. Si a veces las listas de un regimiento contienen nombres cuya historia es bastante vulgar, y siempre la misma, otras veces también, el modesto uniforme de soldado cubre a unos corazones que han experimentado las más insólitas emociones.


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