Rojo y blanco

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A la noche siguiente se levantó un viento racheado; el barco de Bayona fue arrastrado hasta las proximidades de San Sebastián, embarrancando en una playa cercana. Al día siguiente, Ménuel erraba por los muelles de la ciudad española. Un reclutador le propuso hacerse soldado de la legitimidad y de don Carlos; nuestro hombre aceptó, y al cabo de pocos días se incorporaba al ejército del pretendiente español. Demostró que sabía montar a caballo; su aire era marcial; ingresó en la caballería.

Un mes más tarde, Ménuel salió con su compañía en servicio de protección de un convoy. Los cristinos lo atacaron y Ménuel sintió un miedo espantoso. Después de unos cuantos disparos, huyó a galope hacia las montañas. Cuando su caballo no pudo ya dar un paso por las escarpadas rocas, Ménuel le ató las dos patas delanteras, le dejó en el lecho de un torrente seco, y continuó huyendo a pie. Al fin, su oído dejó de estar atormentado por el ruido de los disparos. Entonces se puso a reflexionar.

—Después de este heroico rasgo, ¿cómo me atreveré a presentarme de nuevo en el ejército, en el cual, a fuerza de charlatanería, me creen un valiente? ¡Soy un perfecto miserable! —se dijo Ménuel—. ¡Falsario, condenado a prisión y cobarde para terminar de completar el cuadro!


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