Rojo y blanco
Rojo y blanco En ella, hizo que le trajeran vino, y casi siempre estaba un poco achispado; sentía remordimientos y, al considerarse como un hombre perdido ya para siempre, deseaba pasar lo más alegremente posible los días que le restaban de vida.
Todos los carceleros de la prisión le apreciaban. Un día vio cómo dejaban en la garita del portero ocho o diez grandes rollos de cuerda destinada a renovar las de las celosías de la cárcel. Una idea le asaltó; robó, inmediatamente, un paquete de cuerda. Tuvo la suerte de no ser visto y aquella misma noche después de tener que escalar dos murallas de una altura respetable, consiguió escapar. Corrió a entregar a un amigo de Perret los ciento cincuenta francos que le debía; aquel amigo era uno de los que más habían colaborado con el padre de Perret para hacerle condenar. Pero en Bayona había cambiado ya la moda y se empezaba a decir que la condena de Ménuel había sido excesivamente severa. El amigo de Perret, al ver a Ménuel, sintió lástima por él e inmediatamente le metió en un barco que debía zarpar para la pesca antes del amanecer.