Rojo y blanco

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Ménuel, agobiado ya por los remordimientos, sintió horror por lo que iba a hacer; ¡matar a un hombre por ciento cincuenta francos! Se avino a pagar lo que debía. Perret le contestó que aquella actitud era la de un cobarde. Aquella palabra dio valor a Ménuel y le hizo mucho bien. Aceptó el desafío y se prometió a sí mismo ser condescendiente con Perret. Mientras se dirigían al lugar del duelo, Ménuel dijo a Perret:

—Manténgase a distancia y no se tire a fondo; así me será imposible matarle.

Lo decía de buena fe; hablaba como un maestro de armas. Por desgracia, Perret creyó que Ménuel era poseedor de una profundidad de carácter y de una astucia que el pobre estaba muy lejos de tener.

Después de dos o tres asaltos, Perret, creyó que debía tomar en sentido completamente contrario los consejos de su adversario; se precipitó sobre Ménuel y él mismo se ensartó. La herida era peligrosa; Ménuel estaba desesperado y su dolor sincero pasó por ser hipocresía y cobardía. Avergonzado, mal visto en la ciudad, fue acusado por el padre de Perret de haber redactado un documento falso. La ciudad entera estaba indignada contra él, y como en Francia todo se hace siguiendo la moda, incluso las sentencias de los jurados, Ménuel fue condenado a prisión.


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