Rojo y blanco
Rojo y blanco Después de llevar dos años en el regimiento, su vida transcurría feliz, en apariencia. Si no hubiera ocultado cuidadosamente el hecho de que sabía leer y escribir, los oficiales de su regimiento, que estaban muy contentos con él, entre otras cosas, por su presentación, siempre limpia y correcta, le hubieran ascendido a brigada. Ménuel pasaba por ser el gracioso del regimiento. Tuvo un duelo, muy afortunado, con otro maestro de armas; su valor, tanto como su habilidad, se habían hecho famosos en toda la guarnición. Pero cada vez que veía un gendarme se estremecía a su pesar, y el encuentro con ellos envenenaba su vida. Contra aquella desgracia no le quedaba otra solución que la taberna más próxima.
Al tener la suerte de iniciar cierta amistad con Luciano, su situación cambió.
—Un hombre tan rico —se dijo—, podrá protegerme en caso de ser reconocido; únicamente será necesario que él lo desee así. Tiene tanto dinero que, para él, en un momento dado, no sería nada regalar mil escudos a algún jefe de oficina.