Rojo y blanco
Rojo y blanco Du Poirier podía contar unos cincuenta años; sus facciones eran muy pronunciadas. Dos pequeños ojillos de un gris verdoso, bastante hundidos en su cráneo, se agitaban y movían con una asombrosa actividad, y parecían lanzar llamas; hacían fuera perdonada una longitud excesiva a la nariz que los separaba. En muchas de las posiciones de la cara, aquella malaventurada nariz daba al doctor el aspecto de un zorro al acecho; aquello constituía una desventaja para un apóstol. Lo que terminaba de hacerle más semejante a dicho animal, en cuanto uno se había dado cuenta de ello, era el espeso bosque de cabellos de un rubio llameante que erizaban la frente y las sienes del doctor. En conjunto, no podía olvidarse fácilmente aquella cabeza una vez que se había visto; en París, quizás hubiese causado espanto a los tontos; pero en provincias, donde el aburrimiento es constante, todo lo que produce sensación es acogido con agradecimiento, y el doctor estaba de moda.
Tenía un continente vulgar y, no obstante, su fisonomía era extraordinaria e impresionante. Cuando el doctor creía haber convencido a su adversario, y todo aquél con quien hablaba era considerado como un adversario a quien se debía convencer y un prosélito a ganar, sus cejas se levantaban de manera desusada y sus pequeños ojillos grises, abiertos como los de una hiena, parecían estaban a punto de salirse de sus órbitas.